El Pupilo

General Villamil, Ecuador, 1991

Mientras el sol comenzaba su descenso, la playa de General Villamil se transformaba en una escena de serena belleza. El cielo se teñía de ámbar y violeta, y el sol proyectaba largas sombras sobre la arena. Las olas golpeaban suavemente contra las pangas—pequeñas embarcaciones de pesca que salpicaban la costa. Los pescadores regresaban del mar, sus torsos bronceados cubiertos de sal y sudor. Cholos, cada uno de ellos, con el cabello endurecido por la sal y los rostros marcados por la jornada, llevaban su oficio como una insignia de honor.

Luis Quinde sacudió el agua salada de su cabello, mientras se estremecía al tocar con sus dedos las cicatrices frescas. El mar había sido particularmente implacable hoy, golpeándolo contra el arrecife mientras arrancaba langostas de sus hogares rocosos. Cada picadura de sus pinzas era un agudo recordatorio de la ira del mar, pero prefería esto a los confines sofocantes de un aula de clases.

Un año atrás, Don Anselmo lo había rescatado de las garras asfixiantes del colegio. Luis recordaba la voz ronca del viejo, cargada de tanto pesar como orgullo, mientras hablaba de un muchacho que una vez fue su pupilo. El muchacho, casi de la edad de Luis, había tenido un final trágico, se rumoreaba que a manos de La Dama Tapada. El pensamiento envió un escalofrío por la columna de Luis, pero rápidamente lo desestimó. Don Anselmo había prometido convertirlo en su nuevo pupilo—un verdadero macho, y Luis estaba decidido a ser el mejor discípulo que su mentor haya tenido.

Don Anselmo, una figura tanto venerada como temida en General Villamil, no necesitaba alzar la voz para imponerse. Bastaba su presencia. A los cincuenta años, su cuerpo aún respondía como el de un hombre más joven, endurecido por el mar y por algo más antiguo que la marea.

—A los trece ya era hombre —decía a veces, sin que nadie se lo pidiera. Luis nunca supo si aquello era orgullo o advertencia.

Las historias sobre él circulaban como el olor a sal: inevitables. Que su padre lo llevó donde una mujer. Que salió distinto. Que desde entonces no volvió a temerle a nada… o a nadie.

Luis lo miraba con una mezcla de admiración y hambre. Quería esa seguridad. Esa forma de caminar como si el mundo ya le perteneciera.

Y cuando Don Anselmo lo llamó “pupilo”, sintió que algo en su vida, por fin, había tomado forma.

Las constantes quejas de su madre sobre la escuela ahora parecían una molestia lejana. Ella no entendía que sus sueños estaban más allá de las lecciones mundanas de matemáticas e historia. Luis anhelaba navegar a ciudades distantes, sentir la emoción del mar bajo él y hacer su fortuna. Sus compañeros de clase envidiaban su libertad, su hombría y los relatos que traía del mundo de los pescadores, un reino muy alejado del suyo.

Luis se puso su camisa y sus chancletas, contando su captura: cuatro langostas. Conseguirían un buen precio en el mercado, suficiente para mantener a raya los regaños de su madre. Mientras caminaba hacia el mercado, Don Anselmo lo llamó.

—Oye, Quinde, ¿vienes con nosotros después de visitar el mercado?

—No, paso por hoy.

Su madre había sido insoportable últimamente, con sus constantes llantos y quejas pesando sobre él. Tenía que ayudar con la lavandería, entregando los paquetes de ropa a los residentes adinerados de Playas. Si no lo hacía, sus quejas serían interminables.

—¡Han domesticado al muchacho! —bromeó Don Anselmo, provocando las risas de los otros pescadores.

Luis los siguió, encendiendo un cigarrillo y saboreando la frescura de la tarde. El cielo se oscurecía, salpicado de tonos amarillos y rosas contra el fondo naranja. El mercado zumbaba con actividad, su fuerte olor a mariscos frescos se mezclaba con los sonidos de regateos y risas. Siguió a Don Anselmo hasta su compradora, la Señora Hortensia. La rutina habitual se desarrolló con una facilidad ensayada. El enfoque de Don Anselmo siempre era el mismo: unos cuantos cumplidos bien colocados, un toque insinuante. La Señora Hortensia fingía ignorarlo, pero la danza familiar terminaba con un pago generoso, a veces a cambio de una noche de compañía, especialmente con la carne adolescente de Luis.

Luis caminó a casa con el corazón más ligero y 800 sucres en su bolsillo. En el camino, compró pan, leche y, sintiéndose particularmente generoso, un pincho de carne para su madre y uno de pollo para su hermano. Quizás esto le ganaría un respiro de sus quejas.

Mientras caminaba, el cielo parecía más oscuro de lo usual. Las luces de la calle se habían apagado y un viento feroz barría el camino de tierra, hiriendo su piel y sus ojos. Luis entrecerró los ojos contra las ráfagas, sintiendo como si una fuerza gigante lo empujara hacia atrás.

El sacerdote en la escuela una vez dijo que a veces la única forma de salir de una situación era atravesándola. Pero esto era diferente. La única forma de avanzar era atravesando la pampa, un campo vacío con una reputación de peligro. La pampa, donde el hedor a podredumbre y basura pesaba en el aire, donde los susurros de la presencia de La Dama Tapada se cernían. Era un lugar que nadie cruzaba después del anochecer.

Armándose de valor, Luis entró en la pampa. El cambio fue inmediato, aunque no supo explicarlo. No era solo el viento que desaparecía ni el olor que mutaba; era algo más profundo, como si el aire se volviera espeso y cada paso exigiera atravesarlo. El calor lo envolvió de golpe, pero no era el calor abierto del sol, sino uno húmedo, pegajoso, que se le metía por la nariz y la boca, dificultando la respiración.

Avanzó con cautela. El suelo crujía bajo sus pies, aunque evitaba mirar qué pisaba. No quería saberlo. Fue entonces cuando lo sintió: un olor dulzón, fuera de lugar, casi ofensivo en medio de la podredumbre. Duraznos. Demasiado fresco. Demasiado limpio.

El silencio se volvió absoluto. Ni viento, ni mar, ni voces lejanas. Solo ese olor persistente, envolvente. Luis intentó hablar, darse valor, pero su propia voz le resultó extraña, como si viniera de más lejos de lo debido. Algo pareció moverse a su alrededor, no en una dirección concreta, sino en todas al mismo tiempo. Giró, pero la oscuridad permanecía intacta, cerrada sobre sí misma.

Parpadeó.

La luz lo golpeó de pronto. El aire cambió. Ya no pesaba. Era cálido, limpio, casi agradable. El aroma a duraznos persistía, pero ahora resultaba suave, incluso acogedor. La habitación en la que se encontraba era blanca, demasiado blanca, como si la luz no proviniera de ningún lugar en particular. Respiró hondo y, por primera vez desde que había entrado en la pampa, sintió alivio.

Se acercó al espejo. No había sal en su piel. No había heridas. No había rastro del mar. Solo una versión de sí mismo intacta, limpia, casi ajena.

Entonces la voz llegó, suave, cercana.

—Quédate —dijo la voz, demasiado cerca.

Luis no se dio cuenta del momento exacto en que dejó de tener miedo. Una hermosa mujer con un vestido blanco translúcido apareció, su presencia etérea. Se acercó y el corazón de Luis se aceleró. Su toque era suave, su aroma embriagador. Anhelaba besarla, pero se sentía avergonzado de sus pensamientos, como si fueran inapropiados en su presencia.

Luis parpadeó y se encontró de vuelta en la pampa, tumbado junto a un animal en descomposición. Se levantó, desorientado y añorando a la mujer de su visión. Una luz en la distancia lo atrajo, y se movió hacia ella, las lágrimas corriendo por su rostro. El olor a duraznos lo elevó, haciéndolo sentir ingrávido.

La luz tomó forma, revelando a la mujer de su sueño. Ella abrió los brazos y Luis corrió hacia su abrazo. Pero su agarre se endureció, convirtiéndose en un abrazo sofocante. El pánico surgió mientras luchaba por respirar, el calor de su toque volviéndose helado.

Luis alzó la mirada… y entendió. Los ojos de la mujer se habían vuelto vacíos, oscuros pozos que lo absorbían. La piel, antes suave y cálida, se transformó en algo frío y resbaladizo, como el hielo. El terror lo envolvió mientras sus costillas crujían y su corazón latía erráticamente. Su visión se nubló y pensó en todo lo que aún no había experimentado. Recordó las palabras de Don Anselmo sobre los peligros de la noche, sobre cómo La Dama Tapada cobraba sus deudas.

La presión en su pecho aumentó, robándole el aliento. Sintió su vida desvanecerse, la oscuridad apoderándose de su vista. Con un último suspiro, la realidad lo abandonó, sumergiéndolo en un abismo sin fin. El grito que nunca pudo dar resonó en su mente, un murmullo del destino sellado.

#

El sol asomaba entre las nubes, sus rayos matutinos iluminando lentamente el adormilado pueblo de General Villamil. El panadero ya había comenzado su día, pedaleando su triciclo con pan fresco y humeante, saludando a los niños y madres que se apresuraban a comprar pan de sal, pan de dulce o pan mixto. Los pescadores se dirigían a la playa, empujando sus pangas de vuelta al mar, recitando su oración de pescador, pidiendo a la Madre María que interceda y les provea el fruto del día.

Don Anselmo, sin embargo, no se unió a sus compañeros. Había tenido una noche larga, compensando por su pupilo que nunca apareció para cumplir su parte del trato con la Señora Hortensia. Había bebido de más y ahora tambaleaba de regreso a su casa, preparándose para la habitual reprimenda de su esposa.

Más adelante, una multitud se había reunido, inundando el camino de tierra como un río que se ha desbordado. A menudo, la gente se congregaba alrededor de artistas o magos, vitoreando y riendo, pero esta vez era diferente. Esto era como la escena de hace un año, y el año anterior a ese, y así sucesivamente. No había sonrisas, solo un viento frío de miedo, tristeza y terror atravesando a los hombres fuertes y a las mujeres trabajadoras.

Don Anselmo empujó a través de la multitud, su corazón hundiéndose con temor. Allí, frente a él, yacía el cuerpo sin vida de su pupilo, Luis.

—La Dama Tapada —susurró el panadero junto a él. —La Dama Tapada ha cobrado otra víctima.

Don Anselmo se persignó sin apartar del todo la mirada del cuerpo. No lo observó demasiado tiempo. Nunca lo hacía. Había aprendido, con los años, que mirar de más solo complicaba las cosas. Soltó el aire lentamente, como si ese gesto bastara para acomodar algo dentro de sí.

A su alrededor, la gente murmuraba entre miedo y resignación. Algunos evitaban acercarse. Otros miraban con una mezcla de horror y fascinación. Él no. Él ya conocía ese escenario demasiado bien.

La Dama Tapada no venía por cualquiera.

Venía por hombres.

Por los que sabían.

Por los que ya habían vivido lo suficiente como para entender.

Don Anselmo bajó la vista hacia sus manos. Firmes todavía. Útiles. Sintió, más que pensó, que no era su turno. No aún. Y esa certeza no le trajo culpa, sino una calma áspera, práctica.

Se dio la vuelta.

El camino de regreso era el mismo de siempre: polvo, casas bajas, puertas entreabiertas, vida cotidiana intentando imponerse sobre lo ocurrido. Pensó en Luis. En su necesidad de probarse. En lo fácil que había sido moldearlo.

No sintió pena.

Solo cálculo.

En el pueblo siempre había muchachos. Muchachos con hambre, con rabia, con ganas de ser algo más. Muchachos que estaban dispuestos a escuchar.

Alzó la vista hacia el sol, ya alto, indiferente.

—Habrá que empezar de nuevo.

Y siguió caminando.

FIN

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